a0048-000356La noche en que Jesús fue traicionado y arrestado fue una noche larga y oscura para Pedro. Después de una larga conversación con Jesús en la cual él los preparó para su partida (Juan 14-17), salieron al huerto a orar. Allí delante de sus discípulos Jesús oró con gran agonía contemplando el sufrimiento que le esperaba. Luego cuando llegaron los soldados a arrestar a Jesús, Pedro desenvainó su espada para tratar de impedirlo. Pero no siendo diestro con ella, le cortó la oreja a Malco, un siervo del sumo sacerdote. Queriendo estar con Jesús y gracias a las conexiones que tenía Juan, el discípulo amado, Pedro logró entrar al patio del sumo sacerdote donde Jesús sería juzgado.

Al entrar fue reconocido inmediatamente por la portera como un discípulo de Jesús, pero aunque había declarado valientemente su lealtad probó ser un cobarde y lo negó por primera vez. Después mientras se calentaba en una fogata en la madrugada le preguntaron nuevamente si era discípulo de Jesús y por segunda vez lo negó. Más tarde, un pariente del hombre a quien Pedro le había cortado la oreja recordó haberlo visto en el huerto cuando arrestaron a Jesús. Por tercera vez Pedro “volvió a negarlo, y en ese instante cantó el gallo” (Juan 18:27). Sin duda al instante Pedro recordó una de sus últimas conversaciones con Jesús:

“Señor”—insistió Pedro—, “¿por qué no puedo seguirte ahora? Por ti daré hasta la vida.” “¿Tú darás la vida por mí? ¡De veras te aseguro que antes de que cante el gallo, me negarás tres veces!” (Juan 13:37-38).

¡Qué triste es recordar las veces que le hemos fallado a Jesús! Aunque oramos y prometimos serle fiel caímos en pecado y de esa manera negamos ser sus discípulos. Pero al recordar su pasión debemos regocijarnos pues a pesar de cuan grande fuese nuestro pecado, él murió para perdonarnos y restaurarnos. Toma un tiempo hoy para meditar sobre tus pasados fracasos y pídele las fuerzas para vencer toda tentación y no volverlo a negar con tus palabras y acciones.

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