Es irónico pensar que un templo pudiera necesitar purificación. El propósito mismo de un templo es ser un lugar de limpieza espiritual. Pero en tiempos de Jesús, el templo de Jerusalén había llegado a ser una cueva de ladrones. Aunque se pudiera argumentar que las autoridades religiosas tenían motivos muy prácticos al asistir a peregrinos viajeros con la venta de animales y el intercambio de monedas, la realidad era que debido a la avaricia abusos financieros estaban ocurriendo en el templo. El lugar escogido por Dios para la purificación del pueblo había llegado a ser asociado con fraude y robo.

20130220-174955.jpg Por esta misma razón, Jesús entró al templo para purificarlo de sus impurezas. Pero no debemos pensar que la acciones de Jesús en este día reflejaban una impaciente reacción motivada por enojo. Al contrario, considerando que Jesús era el Hijo de Dios y las muchas veces que en su vida y ministerio había entrado al templo de Jerusalén, es admirable pensar lo mucho que había refrenado el celo que sentía por la casa de su Padre.

Al recordar la última semana de Jesús, es importante considerar que el vino a reemplazar un sistema religioso que por mucho tiempo estaba quebrado.  Aunque la ley era buena por motivo que había sido dada por Dios, las autoridades religiosas del tiempo de Jesús habían corrompido el sistema de sacrificios. Por tanto, la purificación del templo apunta a la necesidad que tenemos de venir a Jesús en arrepentimiento genuino y buscarlo con todo nuestro corazón ya que solo el puede purificar nuestras vidas del pecado.

Anuncios