20130327-181535.jpg Aparte del sufrimiento y dolor, la ejecución por crucifixión tenía el propósito de avergonzar públicamente al malhechor. Se les forzaba a cargar su cruz hasta el lugar escogido para que fueran vistos por la gente. En el camino, los soldados romanos se burlaban de ellos y los escupían en señal de oprobio. Pero uno de los últimos actos de humillación antes de la crucifixión era exponer su desnudez al quitarles la última ropa que vestían. Según el relato bíblico en Juan 19:23-24:

Cuando los soldados crucificaron a Jesús, tomaron su manto y lo partieron en cuatro partes, una para cada uno de ellos. Tomaron también la túnica, la cual no tenía costura, sino que era de una sola pieza, tejida de arriba abajo. “No la dividamos” —se dijeron unos a otros—. “Echemos suertes para ver a quién le toca.” Y así lo hicieron los soldados. Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice: «Se repartieron entre ellos mi manto, y sobre mi ropa echaron suertes.»

Tal fue la manera en que Jesucristo fue avergonzado en la cruz. Creo que nadie pudiera imaginar un acto de vileza tan grande. Sin embargo, es maravilloso considerar que aún por estos soldados que lo humillaron tanto Jesús obtuvo perdón. Siguiendo su ejemplo hoy también nosotros debemos perdonar a quienes nos han humillado y avergonzado confiando en su amor.

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