20130308-221840.jpg La resurrección de Lázaro probó ser no sólo el milagro culminante del ministerio de Jesús, sino que también resultó ser la gota que derramó el vaso de la envidia y enojo que llevó a las autoridades religiosas judías a acusarlo ante los Romanos de ser un revolucionario político. Al ver la popularidad de Jesús debido a la resurrección de Lázaro, el Sanedrín se convocó para resolver el problema.

“¿Qué vamos a hacer? —dijeron—. Este hombre está haciendo muchas señales milagrosas. Si lo dejamos seguir así, todos van a creer en él, y vendrán los romanos y acabarán con nuestro lugar sagrado, e incluso con nuestra nación.” (Juan 11:47-48)

Estas palabras demuestran la preocupación e inseguridad de los líderes religiosos que temían perder su prestigio, influencia política y riquezas si el pueblo completo llegaba a considerar a Jesús como el Mesías. Además, demuestra su deseo de mantener el status quo y preferencia por el reino del imperio romano en vez del Reino de Dios. En respuesta a esta incertidumbre, Caifás, el Sumo Sacerdote, les dijo:

“¡Ustedes no saben nada en absoluto! No entienden que les conviene más que muera un solo hombre por el pueblo, y no que perezca toda la nación.” (John 11:49-50)

Para Juan esta declaración es más que un complot cruel y sagaz. Juan lo considera desde la perspectiva espiritual y profética.

Pero esto no lo dijo por su propia cuenta sino que, como era sumo sacerdote ese año, profetizó que Jesús moriría por la nación judía, y no sólo por esa nación sino también por los hijos de Dios que estaban dispersos, para congregarlos y unificarlos. (Juan 11:51-52)

Nuevamente vemos en el relato de la pasión de Jesús que su muerte no fue ocasionada solamente por la crueldad de los líderes religiosos, sino que dentro del plan divino Jesús había sido enviado a morir por la humanidad. Murió uno por muchos efectuando así nuestra redención.

Anuncios