20130303-185331.jpg El capítulo nueve de Juan relata la sanidad de un hombre ciego de nacimiento. Pero más que simplemente narrar el milagro, Juan desea demostrar que Jesús vino al mundo a traer luz a nuestra oscuridad. “Mientras esté yo en el mundo, luz soy del mundo. Dicho esto, escupió en el suelo, hizo barro con la saliva y se lo untó en los ojos al ciego, diciéndole: Ve y lávate en el estanque de Siloé (que significa: Enviado). El ciego fue y se lavó, y al volver ya veía (Juan 9:5-7).
Pero debido a que Jesús había sanado al hombre en el Sábado, los Fariseos se levantaron en contra de él y lo acusaron de ser un hombre que no venía de Dios. Por eso, el hombre que había recibido un milagro a pesar de haber nacido ciego veía mejor que los Fariseos.

¡Allí está lo sorprendente! —respondió el hombre—: que ustedes no sepan de dónde salió, y que a mí me haya abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí a los piadosos y a quienes hacen su voluntad. Jamás se ha sabido que alguien le haya abierto los ojos a uno que nació ciego. Si este hombre no viniera de parte de Dios, no podría hacer nada. (Juan 9:30-33)

Más adelante, Jesús mismo le da la razón al hombre declarando: “Yo he venido a este mundo para juzgarlo, para que los ciegos vean, y los que ven se queden ciegos” (Juan 9:39). Con estas palabras Jesús a la vez da vindicación al hombre previamente ciego y trae convicción a los Fariseos quienes seguían ciegos.
Reflexión
Al acercarse Semana Santa quizá comiences a ser criticado por aquellos que todavía viven en tinieblas. Quizá muchos no entiendan porque para ti estos días son sagrados. Quizá se burlen de tu entrega a Dios y tu pasión por Aquel quien murió por ti. Pero recuerda que Dios tuvo que abrirte los ojos un día y que ahora debes ayudarle a otros a ver.

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