20130228-195812.jpg El capítulo ocho del evangelio de Juan registra un pleito de palabras entre Jesús y los judíos que no creían en él. Aunque había un número minoritario de líderes y discípulos judíos que seguían a Jesús, muchos judíos se oponían a él debido a sus declaraciones teológicas en conexión a su relación con el Padre. Para los judíos era todo un escándalo que alguien se igualara a Dios como Jesús lo hacia al hablar de él como su Padre. Por tanto, para comprobar su igualdad con el Padre Jesús apeló a las profecías del Antiguo Testamento para demostrar su identidad divina. Jesús declaró:

“Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, sabrán ustedes que yo soy, y que no hago nada por mi propia cuenta, sino que hablo conforme a lo que el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo; no me ha dejado solo, porque siempre hago lo que le agrada” (Juan 8:28-29).

Aunque pareciera designar su humanidad, el título que Jesús usa aquí para referirse a sí mismo, Hijo del Hombre, apuntaba a su divinidad. Considera esta visión de Daniel donde el profeta menciona un Ser Divino con apariencia de hombre.

“En esa visión nocturna, vi que alguien con aspecto humano [Lit. como un hijo de hombre] venía entre las nubes del cielo. Se acercó al venerable Anciano y fue llevado a su presencia, y se le dio autoridad, poder y majestad. ¡Todos los pueblos, naciones y lenguas lo adoraron! ¡Su dominio es un dominio eterno, que no pasará, y su reino jamás será destruido!” (Dan. 7:13-14)

De esta manera, Jesús declaró enfáticamente su igualdad con el Padre pues se identifica con el ser celestial que habría de venir en forma de hombre.
Un Momento de Adoración
La verdad central del movimiento Cristiano es la creencia en la deidad de Jesús. Por eso adoramos a Jesús y lo declaramos Señor de nuestras vidas. Como Dios del universo, Jesús merece tu adoración. Tomo unos momentos hoy para reconocer su Señorío y dale tu alabanza y adoración.

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