Este capítulo presenta un contraste que era muy típico ver entre la gente que tuvo la dicha de conocer a Jesús y ver sus milagros. Por un lado, casi en todos los encuentros que Jesús tuvo con gente religiosa y los expertos en la ley destaca la dureza de sus corazones y el afán de buscar la manera de criticarlo. Por eso, Jesús no dudó en llamarlos hipócritas y decirle a sus discípulos que se guardaran de ellos, pues practicaban una religiosidad exterior contraria su evangelio.

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Por otro lado, estaban las personas que tenían tanta necesidad de Dios que harían cualquier cosa por acercarse a Jesús para recibir un milagro de él. Por ejemplo, en este capítulo vemos el encuentro de Jesús con una mujer cuya hija estaba poseída por un demonio y con otro hombre que era sordo y tartamudo. Ambos tenían gran necesidad de Dios y su fe fue reconpensada con un milagro. Creo que el capítulo nos desafía a reconocer que la religiosidad exterior que sólo se practica de labios no agrada a Dios, pero la devoción genuina logra mover el corazón de Dios. En vista a esto, sería bueno examinar nuestro corazón y preguntarnos, ¿qué tipo de persona soy yo?

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